Después de 9 meses una nueva historia

Somos 3 hermanos y yo nací primero, pero eso no significa que todo lo hacemos en ese orden.  Mi hermano Kike (el del medio) se casó hace 2 años y de esa primera alegría ahora nos dio otra que demoró 9 meses en llegar: mi primer sobrino!

No recuerdo haber soñado con tener sobrinos, hasta que mi hermano me llamó cuando yo estaba en Suecia visitando a mi amiga Marita, y me dio la noticia de que él y su esposa iban a ser padres.

El es 4 años menor que yo y ya quería ser papá pero igual la sorpresa lo agarró de sorpresa, y a mi también.  Me contó que estaba manejando en la carretera, su esposa estaba con él;  él tenía sueño porque habían salido temprano así que llevaba un Redbull para mantenerse despierto (que disque da alas!), en eso su esposa le dio la noticia que estaba embarazada, y como por arte de magia se le quito el sueño!, esa mañana….

Mi sobrino nació hace 10 días y ahora si se les quitó el sueño, y por mucho tiempo.

Mis papás están felices, el sueño de ser abuelos se les hizo realidad.  Mi otro hermano está babeando por el bebe, porque él pudo conocerlo, en cambio yo aún no lo conozco, he visto sus fotos, lo he visto por video unos pocos minutos y ya compré mi pasaje para conocerlo en 2 meses. (gracias Cyber semana!)

Y por supuesto es hermoso! es un machito rosadito y saludable que aún no sabemos a quién se parece ni que color de ojos tendrá (es que los bebes cambian mientras crecen).  Ahora solo piensa (bueno en realidad aun no piensa) en tomar mucha, mucha leche, llorar siempre que algo no le gusta o tiene hambre o frio, y dormir (siempre que no tenga hambre claro).

9 meses me hizo esperar!, desde que me dieron la noticia quise conocerlo, cada semana estábamos al pendiente de como se sentía la mamá, si ya le estaba creciendo la barriga, si ya sabían el sexo, si ya pateaba, si se movía mucho o poco, si ya estaba en posición para nacer (3 días antes del parto se acomodó), porque parece que desde la barriga hace las cosas a su tiempo, pero mi hermano no vive en Lima como nosotros, entonces no los tenemos cerca para visitarlos como la mayoría de la gente hace cuando su familia y amigos tienen un bebe.

Cuantas veces fui a un hospital a visitar a mis amigas cuando dieron a luz (bueno en realidad no recuerdo cuantas veces, creo que pocas), pero tuve la oportunidad de vivir en la misma ciudad y poder ir a visitarlas, al hospital o a su casa y conocer al recién nacido (el nuevo heredero/a!), ver la emoción de los nuevos padres o los padres que repiten la emoción!, y claro la emoción es más grande si se trata de tu propia familia, de tu propia sangre, de tu propio hermana o hermano, pero la distancia no lo hace tan fácil y esta vez la emoción tendrá que esperar 2 meses.

Como mi hermano no vive cerca, no se cuantas veces podré ver a mi sobrino, no podremos verlo crecer todos los días, lo veremos más grande de vez en cuando, o de cuando en vez.

No podremos acostumbrarnos a él, ni él a nosotros porque cuando hay distancia de por medio se hace más difícil y más lento, aunque la tecnología ayuda, el video nos acerca y quien sabe tal vez algún día la distancia se acorte a unos cuantos metros o kilómetros en la misma ciudad.

Hasta que ese día llegue, seguiré mirando las fotos y videos, escuchando las historias, y contando los días para tomar un avión más y llegar a la tierra que lo vio nacer.

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Nómada o viajera?

La primera vez que me mudé de la casa de mis padres y fuera de mi país fue hace 11 años.  Me fui a Argentina a vivir con mi ex, mi novio en esa época.  No solo dejé a mis padres, dejé a toda mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis costumbres, todo lo que conocía y con lo que había crecido.

La primera vez que me mudé fue difícil.  Siempre estaba pensando en cuando llegaría el día para volver, cuando viajaría a Lima para ver a mi familia de nuevo, cuando nos mudaríamos a Perú.  No me sentía del todo cómoda en el país en el que vivía, no me di la oportunidad de adaptarme, de acostumbrarme.  No quería estar ahí.

Ahí está la palabra secreta: no quería estar ahí;  no quería vivir ahí;  no quería quedarme ahí, entonces, me saboteaba siempre comparando ese país con el mío, todo el tiempo, porque el mío era mejor, porque en el mío se hacía esto así y eso asá.  Porque en Perú había una variedad mucho más grande de comida (como extrañaba la comida!), porque las palabras eran diferentes y tuve que aprender a  entender lo que decían, porque la cultura era otra.

Un año me duró la aventura (o tortura).  Cuando volví a Perú no me lo esperaba, pero tuve que volver a acostumbrarme a mi país, a mi Lima añorada, algo me cambió y tuve que volver a acostumbrarme al lugar al que tanto deseaba volver, y aunque no me lo crean, meses después deseaba volver a Argentina para tener una experiencia diferente, para vivir de una forma diferente, para darme la oportunidad que no me di la primera vez que estuve ahí en el país en el que no quería estar.

Pero eso no ocurrió tan rápido.  Primero me mudé a Piura por trabajo, para ser más exacta a Talara, conoces Talara?

Yo si la conocía.  Hacía unos años había ido a Talara para visitar a una de mis mejores amigas a la que no veía en mucho tiempo, pero solo me quedé por unos días, porque en realidad en Talara no había casi nada para ver o hacer.  Hace 10 años lo que había y atraía a la gente era, y aún es, el petróleo.

Yo si quise mudarme a Talara, y aunque no había nada, me quede a vivir por casi un año.  Ah claro, es que cuando alguien quiere algo lo busca, lo hace, lo acepta y lo disfruta.

Viviendo en Talara conocí a la gente con la que trabajaba, comí ceviche, viajé a Guayaquil un fin de semana largo, (no recomiendo que lo hagan en bus como lo hice yo), conocí la ciudad de Piura a la que iba todos los sábados (porque no había nada que hacer en Talara).  Pasé navidad en Lima y año nuevo en Lobitos y cuando llegó el verano tuve que dejar de ir a Piura, porque el calor era insoportable en la ciudad, y empecé a ir todos los sábados y domingos a las playas de Piura, que son hermosas!,  (porque no había nada que hacer en Talara), hasta que decidí volver a Lima.

Mi siguiente mudanza años después fue a Argentina (esa vez si quise vivir allá).  En Buenos Aires me quedé cerca de 2 años.  Al principio viví en una casa compartida en una habitación compartida y luego me mudé a un departamento compartido donde tenía mi propia habitación.

Esta vez la experiencia fue completamente diferente, hice amigos, viví en Villa Crespo, un barrio céntrico que me gustaba mucho, accesible, desde donde podía ir a donde quisiera.  Ir y volver del trabajo era sencillo tomando el subte, esta vez ya sabía cocinar y lo hacia todos los fines de semana, no vi a mi ex (por si lo pensaste!), viaje y visité Cataratas, Córdoba, Tandil, Montevideo y Punta del Este.

Esta vez Argentina me gustó y me quise quedar más tiempo, pero la economía estaba de mal en peor, muchos argentinos se estaban yendo a trabajar afuera y yo extranjera no fui la excepción.

La siguiente mudanza fue a Colombia, pero a diferencia de las mudanzas anteriores en que, o ya conocía la ciudad donde iba a vivir o había alguien esperándome y listo para ayudarme, esta era mi primera vez en Colombia y no conocía a nadie.  Felizmente la gente del trabajo me ayudó inclusive desde antes que llegara, así conseguí un lugar donde vivir con una compañera, madre de 3 niños pequeños.  Si, si, viví ahí solo 2 semanas, es que 3 niños es mucho quilombo!, digo, es toda una odisea!, a las 2 semanas me mudé a un departamento compartido con una chica que hoy es una de mis mejores amigas.

En Colombia viví un año, me acostumbré a vivir en Bogotá, en donde ya no había terrorismo, ya no habían bombas, pero si había que tener cuidado, como en casi todas las ciudades de Latinoamérica, para que no te roben.

En Bogotá hace un poco de calor de día y mucho frio de noche, vivía en un barrio cerca a las montañas, la gente es amable y solidaria en casi todos lados, Creps and Wafles es mi restaurante favorito y está en todo Bogotá (creo que en todo el país).  Viajé a San Andrés, Santa Marta, Cartagena y Villa de Leyva.

Cuando viví en Argentina tomé clases de tango, cuando viví en Colombia tomé clases de salsa y zamba, en ambos países aprendí otras palabras, otras frases, otra forma de hablar, otras costumbres, celebré otras fiestas, vi partidos de fútbol, salí de after office, celebré cumpleaños, navidad y año nuevo, probé comidas diferentes, simplemente viví experiencias nuevas.

Después de Colombia me mudé a USA por unos meses, después volví a Lima y una vez más tuve que acostumbrarme a vivir ahí, acostumbrarme otra vez a mi propia cultura, que cada vez que he vuelto es la misma pero se siente diferente.

Me acostumbré a viajar y a mudarme, cada nueva mudanza ya no era tan difícil, viajar se hizo parte de mi vida, mudarme también.

Nómadas nos llaman.  Yo me llamo aventurera y siempre vuelvo a la tierra que me vio nacer.

Tanto viaje y tanta mudanza enseña.  Yo cambié, mi visión del mundo cambió, mi mente se expandió, mi burbuja explotó hace 11 años, el mundo es grande pero no tan grande, puedo vivir aquí en Lima y en cualquier otra ciudad, en cualquier otro país, el idioma ya no es una barrera, no es tan complicado, siempre puedes hablar inglés o español en cualquier parte del mundo y siempre puedes volver.

Confesiones en invierno

Confieso ante Dios Padre…

Así me enseñaron a confesarme cuando hice la primera comunión para recibir a Cristo, bueno, el cuerpo de Cristo representado en la hostia.

Un cristiano que ha hecho la primera comunión confiesa sus pecados al cura, a quien no le ves la cara en el confesionario.  Se supone que confiesas tus pecados, los más graves y los más leves, para que el cura en nombre de Cristo te perdone, te mande una penitencia y puedas estar en paz.

No sé hace cuantos años que me confesé por última vez ante un cura, lo que si he hecho es confesarle a Dios en dialogo interno muchas cosas que hice o no hice, confesarme a mí misma porque actué de alguna manera, o por qué tome la decisión que tomé.

Y hoy no me es difícil confesar que tengo 39 años y que me atemoriza cumplir 40, porque aunque digan que los 40 son los nuevos 30, pasar de los 30s a los 40s es como cumplir 15 pero al revés, uno no se muere porque suceda, al contrario, lo quiere evitar.

Confieso que me preocupa no saber cuándo encontraré al hombre correcto con quien formar una familia.

Confieso que ahora más que nunca pienso en tener hijos cuando hace 5 años tener hijos aún no pasaba por mi cabeza.

Confieso que he tenido momentos en que me he sentido perdida, sin saber en que dirección avanzar o qué decisión tomar, que no he sido capaz de hacer planes, pero aprendí que nadie me dará el guión que debo seguir y nadie me dirá que hacer ni lo hará por mí, que debo hacer frente a mi incertidumbre, tratar de poner mis ideas en claro, y tomar mis decisiones aunque en el momento no sepa si están bien o mal, que debo seguir arriesgándome a vivir la vida que deseo tener aunque al resto le cueste entender o me quiera decir que no es lo que debo hacer porque “deberíamos” vivir de cierta manera, como la mayoría lo hace.

Confieso que soy muy sentimental, que me dejo llevar por mis emociones, lloro mucho, rio muy fuerte, peleo con convicción queriendo ganar “mi batalla”, me enojo tanto que lloro de rabia y me cuesta mucho relajarme y dejar la rabia atrás, y aprendí que enojada no debo hablar, mejor callar y hablar cuando me sienta mejor, cuando la rabia pase.

Confieso que me gusta viajar y viajo cada vez que puedo; que prefiero invertir mi dinero en viajes, en experiencias nuevas, en conocer gente de otras culturas y otras realidades, que me gusta visitar distintos países y que prefiero caminar por las calles de la ciudad para conocer todos sus rincones, que prefiero tomar transporte público en vez de taxi y que prefiero salir de tour y explorar lugares nuevos que salir a bailar toda la noche y dormir todo el día siguiente.

Confieso que me gusta que me digan que no represento la edad que tengo; que como más en invierno que en verano; que me es fácil bajar de peso pero que en realidad deseo subir unos kilos; que no visito al resto de mi familia tan seguido como debería, que tampoco veo a mis amigos tan seguido como me gustaría; que aunque Lima me gusta odio el tráfico que te hace demorar horas para llegar a un lugar, y que hace varios años que dejé de manejar porque me estreso, porque mientras manejo desearía que todos los pésimos conductores a los que veo vayan desapareciendo uno a uno como por arte de magia así ya no me enojo ni les grito.  (Nótese que me considero buen conductor).

Confieso que me gusta escuchar y mirar a los ojos cuando alguien me habla y que detesto que la otra persona esté usando su celular y no me preste atención; que me he enamorado 2 veces en la vida y a la última persona por la Sarita que lo llegué a amar, y que las 2 veces pensé que sería para siempre; que pago mi tarjeta de crédito por internet porque es rápido y seguro, y que compro en Amazon pero me choca que me cobren los impuestos al final; que me gusta mucho la comida peruana pero me hace daño comerla porque es muy aderezada; que siempre se me ha hecho muy difícil levantarme temprano y que mínimo necesito dormir 8 horas

Confieso que me encantaría ir a Brasil y quedarme 1 o 2 meses a vivir cerca a la playa y hablar en portugués; que me gusta tomar café con leche pero solo durante la mañana porque me quita el sueño; que me gusta mi país pero quiero vivir afuera en una ciudad ordenada, limpia y segura, donde no tenga miedo de usar celular en la calle por temor a que me vayan a robar; que me gusta leer y que deseo escribir pero no siempre lo hago, no siempre siento la inspiración y no sé si lo hago bien.

Confieso que estoy escribiendo este post un sábado por la tarde y que tengo más cosas que confesar pero por este día fue suficiente.